San Gil

 

Si hoy en día un extranjero pregunta qué lugar de Colombia sería el mejor para hacer deportes extremos en río, la mayoría de las personas no dudaría en recomendarle ir a La Vega en Cundinamarca o a San Gil, en Santander. Este último es un municipio de ‘pendientes pendencieras’ como si se tratara de una versión criollísima de ciertas calles de San Francisco, empedradas en gran parte, el cual aloja desde hace algunos años una vocación que encontró más bien tarde: la cuna del rafting y otras disciplinas terminadas en ‘ing’ (jumping, bonging, karting y el santandereanísimo ‘puenting’ desde el vetusto puente que atraviesa el Fonce). Y digo que se encontró tarde con esta vocación porque a pesar que desde hace años funciona allí el maravilloso parque El Gallineral, llamado así por los gallineros, unos árboles centenarios de cuyas ramas cuelgan como viejas barbas los musgos que le dan una apariencia de bosque encantado, solo hasta hace unos ocho años se le saca el jugo al río Fonce como escenario para hacer canotaje. El viajero deberá prepararse para una travesía inolvidable con descensos peligrosos, pero bien cuidados por los guías que con su cautela no dejan que las balsas se acerquen mucho a las piedras amenazantes de las orillas. Si viaja con niños pequeños estos pueden ir en la balsa, pero se recomienda que se sumen a la embarcación en un punto más cercano al Parque. Los guías los llevan hasta allí en la camioneta y así pueden disfrutar de un poco de la adrenalina que para ese momento ya habrán disfrutado los adultos. En algún punto de aguas calmas, con la autorización e invitación del guía, usted puede zambullirse en el río y descender flotando durante unos 40 metros aproximadamente. Muy recomendable luego de que ha hecho tanta fuerza con los remos. Pero el rafting no es lo único. Si quiere otra experiencia alucinante hay dos planes más que resultan imperdibles. El torrentismo en la Cascada de Juan Curí es una suerte de rappel (descenso con cuerdas) pero con la refrescante compañía de las aguas de la cascada sobre el rostro. Luego de subir una montaña por un difícil camino durante más de 30 minutos (tal vez se puede hacer en menos, pero yo necesité la media hora) se llega al borde del abismo que luego será nuestro alojamiento por los próximos 15 minutos (seguramente se puede hacer en meno, pero yo prefiero tomarme más tiempo para disfrutar aún más ese paseo) y así ver las formas de las rocas, la vida que se prende con cualquier pretexto de la piedra y para medir qué tanto se entra y se sale del fuerte torrente. Es sencillamente inolvidable porque los más de 70 metros que se bajan tienen a espaldas de quien desciende, un paisaje único.